MÁS SOBRE SHAKESPEARE Y EL CINE. Reseñas de Diego Rodríguez (2º Bach. B) sobre ‘Romeo y Julieta’ (Franco Zeffirelli, 1968) y ‘Romeo + Julieta de William Shakespeare’ (Baz Luhrmann, 1996)

Si ha habido una obra de teatro capaz de ser reconocida al primer instante por el 99% de las personas que pueblan el planeta, esa sin duda es ‘Romeo y Julieta’. Estamos ante una historia universal y atemporal, de sobra por todos conocida, que emerge a sus propios personajes como símbolos ‘pater’ del amor inmortal, desmedido y tan intenso que no es capaz de escapar ni siquiera a la muerte.
Su influencia en el arte, ya sea en diferentes pinturas y música, ha sido ante todo prolífica y también ante todo variada, aportando cada artista la visión personal que era capaz de dar sobre la obra. Por supuesto no escaparía el cine, al cual se han realizado diversas adaptaciones, y poseyendo muchas de ellas un toque distintivo en el que el autor del film ha querido dejar expresa su seña identidad en la inmortal obra de Shakespeare, respetando por supuesto los códigos sobre los que ésta se cimenta.
Las dos adaptaciones que paso a comentar poseen un estilo tan antagónico entre sí, que a pesar de que uno mismo se pueda permitir aquella libertad de que “contra más te gusta una, menos la otra”, no debería ser cierta, ya que precisamente es este choque de estilos lo que la visión de ambas en conjunto debería servir para convertirla en una experiencia mucho más enriquecedora de la obra al pasarla del teatro al cine.

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La película de Franco Zeffirelli hace gala de un clasicismo apabullante, con una recreación histórica cuanto menos hermosa y más que cercana a la obra, y dotada a su vez por una gran destreza en los decorados y en las ambientaciones (una muestra más de la calidad de las producciones de ese gran productor de los años 60 que fue Dino de Laurentiis), persiguiendo el objetivo de transcribir la obra de Shakespeare con la mayor rigurosidad posible, es decir, lo que vendría a ser “al pie de la letra”, con el firme objetivo de ser el más fiel de los espejos de la misma.

En su empeño cabe destacar que no ignora en ningún momento más allá de la propia intensidad romántica y trágica de la obra, sino que además ensalza los pequeños contrapuntos cómicos tanto de los personajes como de las propias situaciones que se dan a lo largo de la trama.
No solo merece la pena mencionar su corrección artística y también la de su guión correspondiente a su fidelidad y buen hacer en la adaptación, sino ensalzar también a un Zeffirelli en pleno estado de gracia en una de sus obras más aclamadas, capaz de transportarnos a una inmortal, bella y también peligrosa Verona, que adereza a su vez a la obra del toque ‘camp’ propio de los años 60, y presente indirectamente en muchos de los elementos a priori representativos de la obra.
El espectador normal y quizás menos afín a este tipo de historias y adaptaciones no debería mostrar prejuicios a la hora de enfrentarse a ella, pues la película se encuentra en un permanente estado de gracia que nos mete dentro del meollo de la historia con gran profundidad y acierto, consiguiendo varios siglos después el mismo resultado que perseguía Shakespeare con su obra original, es decir, conmover al espectador y conseguir transportarnos durante dos horas a la burbuja de amor y muerte en la que se encuentran sumidos los personajes.
La misma falta de prejuicios debería mostrar aquel que se lance a contemplar la ‘Romeo + Julieta de William Shakespeare’ pergeñada por uno de esos directores adictos a escapar a las normas y a las convencionalidades en las que se va quedando atrapado el cine actual. Baz Luhrmann tiene la capacidad de no dejar indiferente jamás, y convierte la clásica tragedia shakesperiana en una ‘space opera’ en la que no faltan ni los tenores ni la diva, con ese afeminado Mercucio que a pesar de la radicalidad de su personaje no pierde ni un solo ápice de la esencia del original ideado por Shakespeare.

https://ellectorespectador.files.wordpress.com/2014/12/a0f02-romeojulietrz5.jpg?w=368&h=365Tildar a la película como golfa y gamberra sería acertado, y el hecho de que la apabullante sensación de modernidad y transgresión de la que hace gala no rompa para nada el respeto ni los rasgos más propios del universo de Shakespeare, sino que a su vez esta modernidad sirva para ser capaz de aportar “algo nuevo” más allá de quedarse en un espejismo artificial, es algo más que encomiable y que posee un gran mérito por parte de sus realizadores, que convierten una tragedia clásica en un esperpento (en el buen sentido de la palabra) lleno de sátira, en el que cada momento cómico es recibido con efusividad y cada trágico, más allá de lo pretendidamente forzado, logre el mismo objetivo que en la de Zeffirelli: provocar las mismas sensaciones ancestrales que de seguro que tuvieron las mismas personas que contemplaron la obra teatral de Shakespeare hace varios siglos.
De nuestra capacidad para no decantarnos radicalmente por una o por otra y sí de disfrutar de la visión complementaria y a la par de ambas, encontraremos otro modo de disfrutar muy gratamente una vez más de una de las obras más importantes de la Historia de la Literatura.

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