Recuerdos de mi abuela

Esperanza Hernández, mi abuela, nació el 12 de octubre de 1944 (74 años), no presenció la Guerra Civil pero si vivió sus consecuencias. Su padre nació en 1916 y fue a la guerra con 20 años. Era agricultor, un humilde trabajador del campo y no tenía convicciones políticas tan fuertes como para ir a un bando u otro, sin embargo, acabó luchando en los dos frentes.

Al preguntarle si alguien de nuestra familia estuvo en la Guerra Civil y si participó activamente en el frente, contestó que su padre, mi bisabuelo, empezó luchando la guerra con La Pasionaria porque alistaron obligatoriamente a los jóvenes de la comarca de Granada. Recuerda cómo su padre le contaba que poco antes de que el ejército republicano perdiera la guerra, La Pasionaria acudía a las trincheras para darles ánimos con arengas y cánticos, vestida de militar. Era el momento en el que ya los alimentos no les llegaban.

Más tarde, casi al final de la guerra, estuvo en la batalla deRecuerdos Teruel ya con las tropas del bando nacional que había absorbido a las republicanas. Allí, en esta batalla, fue herido gravemente en el brazo y la pierna. En un primer momento llegaron a Sevilla y pasaron la primera noche en la parroquia de San Jacinto, en Triana, donde habían improvisado un lugar para recibir a los soldados del frente. Los que estaban heridos y gravemente, como su padre, eran trasladados al hospital de la Cinco Llagas (lo que hoy es el Parlamento de Andalucia). Lo licenciaron y no pudo seguir en la guerra. Hasta el año cincuenta y nueve no le quitaron las balas de su cuerpo, lo que dice mucho de las necesidades de material médico que había en ese momento.

Por lo que le contaron sus padres, los primeros años de la posguerra fueron muy duros. La guerra había separado a muchas familias, y necesitaban encontrarse, sin saber qué había sido de ellos. A veces esos familiares lucharon en bandos distintos, simplemente porque les había tocado. Los soldados caminaban por las carreteras, hambrientos, descalzos y malheridos porque no había medios de transporte.

Ni ella ni sus hermanos fueron al colegio, ya que no era obligatorio y necesitaron trabajar para ayudar a la familia. Afirma que en los colegios había discriminación hacia los hijos de obreros o de los que eran señalados como “rojos”. A todos ellos, los colocaban al final de la clase y el profesor no les prestaba atención.

La situación del país empezó a mejorar desde los años 50 en adelante, cuando se empezó a desarrollar la industria. Los obreros andaluces y extremeños se iban a trabajar a Madrid, Barcelona, Francia, a cualquier sitio. Su propio hermano trabajó un tiempo en Alemania.

Mi abuela tuvo una vida muy dura de sol a sol, haciendo trabajos de adulto junto a sus hermanos cuando eran niños. Apenas ganaban pesetas pero iban sobreviviendo, así hasta casarse, momento en el que cada uno fue para un lado. Aunque ellos no pasaron hambre porque mi bisabuelo vivía y todos eran muy trabajadores, pasaron muchas necesidades, era una época donde tener un simple juguete era un lujo enorme. En otras familias donde faltaba el padre o los hermanos, víctimas de la guerra, pasaron hambre y eran objeto de discriminación.

Por Carolina Olid Mayoral

Mayo de 2019

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