Luces de bohemia

Cartel de Luces de bohemia

Atreverse con un texto tan clásico como “Luces de bohemia” de Valle-Inclán puede suponer un salto mortal para cualquier dramaturgo y para cualquier actor que interprete a Max Estrella. Pienso que el principal miedo que surge al llevar a escena estas obras es que las elevamos tanto como clásico que acometer un proyecto así con libertad y de una manera poco académica y canonizada resulta ya un escollo importante.

No sabría dibujar con precisión una forma académica y canonizada de abordarlo pero desde luego si estamos ante un clásico debería admitir diferentes lecturas y propuestas escénicas a lo largo de los años. El riesgo es que solo se admita que la obra se puede entender si tienes una cierta edad porque siempre se ha explicado, visto y presentado de una misma manera y esa es la válida. Si ocurre esto, es fácil deducir que no será tan clásico y definitivamente no tan bueno si resulta viejuno desde el minuto uno. 

El texto de Valle-Inclán es suficientemente elástico como para adaptarlo a cualquier época y funcionar porque el fondo es el esperpéntico país que es España. De ahí que la propuesta de Alfonso Zurro funcione. El dramaturgo se atreve a cambiar algunas partes y presentar un Max Estrella menos impostado y más naturalizado, que se degrada paulatinamente porque va agotando sus fuerzas y muestra una fragilidad más que comprensible para una persona que está harta de la realidad que vive (algo que podemos comprender hoy tanto como en épocas pasadas). 

Luces de bohemia” presenta la última noche de vida de un poeta ciego, Max Estrella, acompañado por su amigo Don Latino de Híspalis. Juntos recorren calles, tabernas, tienen enfrentamientos con la autoridad, encuentros con periodistas corruptos… y a lo largo de estos encuentros van diseccionando el ser españoles y la esencia de un país al que catalogan como un estado africano por esa idea de patriota y nacionalismo tan particular como enconada. 

Paradójicamente fuimos a verla cuando un partido de extrema derecha presenta una moción de censura a un Gobierno de corte progresista sumido en una crisis profunda debido a una pandemia sanitaria, en un momento en el que el concepto de patriota está más en boca de todo el mundo que nunca y es así como todo lo relativo en el texto a la nación “¡Viva España!” o “ministra de desgobernación” adquieren una dimensión totalmente diferente a como lo había leído anteriormente. 

En la propuesta de Zurro, el espectador ya conoce el desenlace pues nos situamos en la muerte del protagonista. Luego, como un flashback profundamente efectista el público se sumerge en ese recorrido hasta llegar al cuadro final: la muerte del poeta. 

Escena a escena la representación muta, se enriquece con aportaciones lumínicas y atrezzo que va siendo introducido y modificado por los actores. La virtualidad de la propuesta gana fuerza y empaque con las luces y el movimiento de bloques de madera que hacen de tumbas, prisiones, tabernas… Además, destaca la diversidad de matices aportada a los diferentes personajes que pululan por la escena representados por cuatro actores y actrices que confieren ironía y agilidad a la trama en la que todo es un juego de espejos hábilmente engranado para dibujar la imagen de un país y su disfuncionalidad. 

El final, el momento en el que Don Latino deja a su amigo en la puerta de su casa como tantas otras veces y este muere solo es impagable. La intensidad de la escena se completa cuando Don Latino le roba la cartera y el décimo a la vez que a sus espaldas, en esa pasarela sobreelevada va desfilando su propio entierro, el del protagonista. 

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